jueves, 5 de noviembre de 2026

La llama

 

Revuelan los principios, el derecho al pensamiento crítico.

Los ideales de un niño que comienza a leer

las ideas como centro del razonamiento.

La luz, el alma abierta, la mirada rastreadora,

el juicio crítico, la vital coherencia.



Pero sí, también hay algo de orgullo.



La herencia recibida, la herencia transmitida,

los lazos familiares, la educación en cada cucharada,

las riñas, los mandamientos, el colegio,

el pasillo como un campo de fútbol en la infancia,

las canicas, la peonza, los besos no robados.



Pero sí, también hay algo de orgullo.



El mirarte a los ojos y en un descuido a tus pechos,

bajar la mirada para sobrevivir a la luz,

querer dulcificar el rostro

             y perder la batalla,

sobrevivir a la vida,

sobrevivir a la muerte de los otros.



Pero sí, también hay algo de orgullo.



La inmensa tarea de convivir

              con la miseria del amor propio,

esa invisible nobleza que te llama, te reclama, te nomina

como un grito de ultratumba imposible de ignorar,

como la eterna llama que cada cuatro años avisa

                que la vida sigue su camino.






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