Solo oigo ese eco eléctrico abovedado
que se percibe en aljibes, pozos e iglesias,
pero no siento el rumor del agua
ni el sonsonete del ruido eclesiástico.Recuerdo buscar ladrillos
para levantar un muro.
Un muro alto que no escalasenlos otros, los taimados ladrones de nuestros sueños.
Pero el muro no fue suficiente.
Las voces disidentes se colaban
como aves carroñeras sobre nuestras cabezas.
Tapiamos todas las puertas,
un pequeño ventanuco
para arrojar por él la carne putrefacta.
Disidentes, descreídos, gentes de poca importancia,
fueron expulsados por ese ínfimo tragaluz.
Juzgados y condenados, no nos dejaban escuchar
el eco de nuestros balidos,
las argucias pergeñadas por unos camaradas
que redactan mandamientos con la rapidez del viento.
Ahora nuestra estancia es un búnker, con un único ventanuco.
Las diatribas del líder suenan como un disco rayado,
o eso dicen los viejos y analógicos camaradas.
Un centinela cerca del ventanuco filtra la realidad
desde la creatividad de los cien mil hijos de la verdad.
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