sábado, 18 de noviembre de 2017

Gulliver, no era ni tan alto ni tan bajo

Cae en mi herida la sal derramada
                 de nuestra comida,
y tu dedo es mi llaga,
pero tus hombros no son mi cama.

Y aunque creas que soy fuerte, casi piedra,
no soy mas que hojarasca seca,
que intenta defenderse del aire a dentelladas.

¿O es que piensas que el mar no llora?
ni rio, ni lago ni humilde charca,
mar que desemboca en mi alma.

Salen de mi garganta los gritos
de los cien mil hijos de lilipud.

Adolfo Lisabesky






domingo, 15 de octubre de 2017

Pócimas y remedios

Agotada la marea,
descansa en tu falda,
la sal perdida
de sus lágrimas.

Si el recuerdo  me mira a los ojos
agacho la mirada
para perderme en tu calzado.

Las noches de los inviernos,
los amaneceres del verano
la taciturna mirada del otoño,
la primavera encerrada
          en el último manicomio.

Si escribiera en la gota de rocío
que temblaba en tu mejilla,
dejaría de ser poeta
para volver a ser jardinero.

Las piedras en mi bolsillo
castañean tu nombre,
pero mis pasos hacia el horizonte
desconocen el lenguaje
de la granítica poesía.

A tientas recojo las lentes
para leer poesía,
gateo con paso firme,
y empiezo escuchar
los susurros que nacieron gritos.

Adolfo Lisabesky





lunes, 14 de agosto de 2017

Everbody´s talkin

Todo el mundo habla de ti, de mi, de Juana Arribas,
mañana tú y yo seremos pasto del olvido,
                   también Juana Arribas.

Todo el mundo habla de futbol, del mar,
de la vida que se pierde en las esquinas, de cine,
de esos animales que pululan por nuestros iris.

Yo no sé que decirles, pero algo invento.
A veces divago y me llaman loco,
otras martilleo tan fuertemente
            que pierdo mi poca humanidad.

Todo el mundo haba de ti, de mi, de Juana Arribas,
sus murmuros me impiden escuchar
al ruiseñor que anidó entre la luna y el sol.




martes, 4 de julio de 2017

Hasta luego, Almería

Mira con cierta nostalgia
el agua jabonosa donde lava los platos,
mantengo seca mi media tostada de lorenzana,
pero su mirada melancólica me hace complice
de los sueños que un día dieron luz
                        a sus ojos.

Por las mesas salta sin saberlo
el dia a dia,
administrativos, doctoras, y un enfermero,
que siempre antes de extraer
engaña al niño con un juguete de plástico.

Siempre sonrie, y lo hace francamente,
sin que haya en su sonrisa atisbo monetario,
ella sabe que en el barrio se grita,
                pero no se da propina.

Yo lo hago, discretamente, como por descuido,
no es gran cosa, son los restos de un euro,
el incipiente dinero del bolsillo.
Las sobras del día cuyo propósito
es ganarse el cielo en sus ojos.

Adolfo Lisabesky ( Se va, desayunando)

 


domingo, 2 de julio de 2017

Recolectando peras de un olmo

 La Luna, tan lejos, tan cerca.

Para viajar a la Luna
nuestros preparativos
tienen que ser lunáticos
distraer a la cordura,
y hacer el vacío
a los cálculos matemáticos.


Para viajar a la Luna,
hay que tener el alma
predispuesta,
el estómago indispuesto
y en nuestras venas,
sangre marinera.

Para viajar a la Luna
he de fabricarme un cañón
grande y potente
para que de un fogonazo
encuentre mi destino.

Tu voz

Cuando tiemblo oigo tu voz,
temblorosa, sutil, casi viva.
Y me acurruco en nuestros recuerdos,
desde donde veo la luces del faro,
el amanecer, los puentes dorados.

Me despierta la desintonía de la radio,
¿Sabes? aun hablan del difunto tío Gil,
pero él no lo sabe.


Salto de mis recuerdos,
como un gato asustado,
y no encuentro piel ajena
donde aliviar mis uñas.

 ¿Quién soy?

¿Dónde está mayo?
me cansé de buscarlo
y me alié con octubre.

Mis gélidas manos
presagian el invierno,
mientras que tú deshojas
las flores sin miedo a las espinas.


¿Qué colores visten la mañana?

Tengo la paleta aburrida
pero no me decido
por ninguno de sus colores.

Es tan importante,
no tengo mas lienzo
que este.
Lo tengo que cubrir
de un manto de sensibilidades,
quizás para eso sería necesario
que fuera sensible,
al menos lo que dura
el tránsito del mar a la luna.

 Descansar

Están las esquinas inquietas,
saturadas de aire enrarecido.
Es por eso que mi escoba,
tiene los pelos recién partidos.

Pies que pisáis las aceras,
calzados en la pugna de un zapato negro
y unas medias negras.
Escuchad el runrun de las esquinas.

Ahora podré volver a dormir,
mientras tres ángeles negros,
cantan un bolero blanco,
a los pies de tu cama.

Yo te quiero verde, sí sí.

De como recogí peras de un olmo


¿Qué podéis esperar del olmo?
¿Acaso prometió ser como la dalia,
bella en primavera y mustia en el otoño?
Nada dijo entonces,
cuando los tres éramos alguien.
Y nada dice ahora,
que es olmo seco.


Durante la tempestad,
rindió las velas,
fue mástil y popa,
cuando todos escondían
su alma, en la oscura proa.

Y ahora que la luz,
santifica las cerezas extremeñas,
ahora que es fácil la risa,
que el desengaño pasó de moda,
que la melancolía es la canción
de nuestros padres.
Ahora lo podéis ver,
cantando las cuarenta a su sombra.


 Nosotros los de entonces, no somos los mismos

Y al final del camino, el mar,
prolongación estética de una estela.
Cuerpo y alma ajenos a la sal,
desierto, monte y ahora la estela,
recuerdo inerte de las angustias,
los besos, las miradas, el pan de cada día.


Pero dice Neruda, que no somos los mismos,
ni es la misma sal,
la que untaba en mis labios,
para saber de ti.

Ahora un simpático doctor,
me recetó enanas pastillas,
para atar mi tensión al suelo.


 Intuiciones

Si las palabras con un silbido,
se posaran en mis manos,
no sería este esperpento
con quien convivo.

Si las estrellas supieran
que brillan en su ausencia,
al caer sobre la luna, no llorarían.

Si el mar en su terca obsesión
de pasar por agua mis sueños,
dejara para mañana su caudal,
mis besos saldrían de mi boca a la suya.

Gracias Anina


miércoles, 10 de mayo de 2017

Me metí en un jardín, y ya no quiero salir

Se cree el tallo ajeno a la luz,
no conoce la flor el camino del agua,
los gritos de las raíces son gritos ciegos.

O eso, al menos, cuenta la leyenda
que escuché a un bicho bola.

Yo que no soy jardinero,
pero paso horas muertas
mirando el jardín silvestre del vecino,
se algo que el bicho bola ignoraba.

Sé que las ramas del árbol
se doblan para rozar un instante
la solitaria flor del abedul.

También sé que los tubérculos
no nacieron ciegos,
y que un día vieron un amanecer.

Que el mar tiene nostalgia
de los pétalos abandonados
a los pies de la aurora.

Se lo he susurrado al bicho bola
pero el trajín de sus pesquisas
le impide escuchar a los locos.

Adolfo Lisabesky (En el mundo de los cuerdos, el bufón es el rey)



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