Imagino que ya no estaré
con mi envidia malsana.
Cruzaré el lago siniestro.
Me lanzaré en un pozo sin retorno.
Todo me dará igual,
como le son indiferentes,
a las nerviosas hormigas
que aun vi pulular
por las calles de un pueblo abandonado
salvo la que pisé impunemente
mientras recogía el grano
para salvar el crudo invierno.
Son tantos veranos
sin acordarme del crudo invierno.
Será que los inviernos dejaron de ser crudos
para convertirse en tiernas rodajas
de carne de membrillo.
Pero el invierno llega ajeno a mí,
y yo, ajeno a él,
me disputo la frontera inmisericorde
del tiempo.
Las pisadas del invierno buscan un descuido
para alojar sus pies sobre mi espalda.
Dejé de correr los días de lluvia.
Olvidé que era una costumbre, casi una obligación.
Ahora me paro, alzo la palma de la mano.
Triste recuerdo los días en los que la vida
te hacía olvidar las estaciones.
Cuando no estemos ni yo, ni mis recuerdos,
ni la gente, ni los recuerdos de la gente
que conocí,
cuando aún corríamos los días de lluvia,
saltaré al pozo ciego donde de niño
oí balar a una cabra perdida
hasta enmudecer.
Adolfo Lissabesky

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