Con los años se pierde la vista,
pero se recuperan los olores de la niñez.
Se pierde el sentido de lo que uno es,
pero se aprenden las cosas que uno no es.
Ahora que lo tengo medio claro,
que tengo tiempo, que no me asaltan
las inseguridades, que duermen los terrores,
ahora —digo— aprovecho y escribo mi lista,
una lista tan válida como otra cualquiera,
una lista algo tonta, una tonta muy lista.
Espero conseguir, si no claridad,
sí luz a mi alrededor;
si no salir de las tinieblas,
sí distinguir las luces de las sombras.
Ahí va una aventura más
sobre la introspección humana,
si eso que soy yo puede llamarse humanidad.
No soy un loro ni un magnetófono,
ni un escribano. No soy un militar
ni un militante; no en vano fui objetor de conciencia.
Tampoco soy un experto, simplemente un osado aficionado,
un barbado especulador, un atrevido y desvergonzado
opinador.
No tengo ancla ni remo; no soy, por lo tanto,
ni barco ni barca. No dejaré ni huellas ni estelas,
solo una leve sintonía que se apagará
con el estruendo de mi ataúd sobre el foso.
Y no es que haya dejado de creer en nada;
pienso que el niño que habita en mí
se ha apoderado de mi alma,
y sus creencias son ingenuas,
dulce y amargamente ingenuas.
A mis dedos les cuesta moverse,
por tanto no moveré un dedo por la ruindad,
por la mentira, por el dulce pan social,
por el aplauso del tribunal inquisitorial
de los catedráticos en la tiranía, la contradicción permanente.
Hace lustros que perdí toda esperanza.
Es tan leve el equipaje y tan frágil mi viaje
que ni un humilde trapo por bandera cubrirá
el rostro de mi despedida.
¡Qué más quisiera yo!
Adolfo Lisabesky

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